domingo, 9 de junio de 2013

171.- ALMAS QUE APESTAN A DEMONIOS



171.- ALMAS QUE APESTAN A DEMONIOS

 Nos creemos desgraciados nos hundimos-encerramos en nosotros y nos perdemos en la desgracia.

 No somos desgraciados porque otros lo digan y nos lo quieran hacer creer, no lo somos porque el adversario lo quiera ver así y busque convencernos, o porque el mundo a su servicio nos persiga, odie, desprecie, maltrata, ataque e incluso se vuelva su portavoz.

 Somos desgraciados solo si no amamos, porque el que no ama, se aparta de Dios Que Es la Gracia Misma, que es La Vida, de manera que, aquellos que nos acusan de ser miserables y desgraciados porque no somos como ellos, unos malditos desamorados llenos de orgullo y preocupación por sí, son los verdaderos y únicos desgraciados.

 Llegamos a ser desgraciados si, por ser odiados, perseguidos, criticados, etc., nos hundimos, encerramos en nosotros y dejamos de amar a Dios, de obedecerlo, de confiar en Él, de creer en Su Amor, porque lo perdemos, y perder a Dios en el mundo, es empezar a perderse, una verdadera y auténtica desgracia.

 Como nos creemos desgraciados, nos preocupamos, hundimos, encerramos, dejamos de amar, de querer hacerlo, tanto a Dios como al prójimo, llegando a ser entonces desgraciados, porque nos apagamos, autoconsumimos en el deseo de ser adorados, tomados en cuenta, no notándolo porque a la par vamos ardiendo en deseo de desesperación.

 La verdad es que tanto el adversario como los suyos en el mundo, los que lo adoran directamente, o los que se dejan usar-llevar, nos consideran una desgracia, debido a que no pueden controlarnos, dominarnos, a que les provocamos miedo, pues al obedecer a Dios y seguirlo con total desprecio de la imagen, de nosotros mismos, indirectamente los denunciamos como hipócritas y ponemos en evidencia.

 Ellos temen por sí y por su maldito reino, temen no ser amados, adorados, creídos, temen quedar a la vista, expuestos, que se note su hipocresía, entonces, nos odian y ahí, con miedo y mas que preocupados por sí, quieren controlarnos con violencia, seducción o lo que sea.

 Si no lo logran, nos declaran ‘dementes’, ‘insanos’ y hasta ‘peligrosos’ o ‘fanáticos’, cuando la realidad es que se están mirando al espejo y tales cosas son ellos, pues la verdadera demencia querida, la verdadera insanía autoprovocada, la verdadera peligrosidad, es ese fanatismo miedoso, la excesiva preocupación por sí, como el querer dominar, someter y controlar todo y a todos.

 Lo que los hace temer es ese querer prevalecer, sujetar, controlar, eso los enloquece y suponen en su ‘sana demencia’, que nosotros les provocamos miedo, solo porque temen egoístamente por sí y son absolutamente incapaces de amar o de salir de las tinieblas.

 Quieren uniformar todo, controlar todo y a todos, tanto el adversario, como los que se hallan llenos de su espíritu, o vacíos de Espíritu de Dios, que son los que vienen a ser instrumentos suyos, manifestaciones, expresiones, revelaciones o simples títeres con los que se divierte persiguiendo y atormentando a los que no controla.

 El cerdo infernal desde las sombras tiene su ejército bien dispuesto y adiestrado, controlado y servil de adoradores, aduladores, esclavos, siervos, ministros, representantes, etc., todos con poder y capacidad para someter, aplastar, humillar, dominar la resto, para que hagan su trabajo sucio y perverso.

 No solo son aquellas almas que acumulan poder en el mundo, sino que lo son también aquellas que se hacen reconocer, adorar, servir, obedecer, etc., por otros, aunque sea por uno, debido a que tienen su espíritu de vacío o ausencia de Dios, están desolados, son desamorados preocupados por sí a los que no les importa nada mas que la satisfacción de su ego-orgullo.

 En este sentido, al servicio del enemigo en principio estamos todos, pus nos preocupamos por nosotros, somos desamorados, no amamos ni queremos, sino que, con miedo, buscamos ser adorados, por ello es que estamos peleando unos contra otros, convirtiendo el mundo en un inmenso manicomio a cielo abierto donde las almas frenéticas nos estrellamos unas contra otras sin sentido y por cualquier motivo-excusa, recreando el gran circo romano para que satanás y sus demonios se diviertan mirando el grotesco espectáculo infernal-demencial que voluntariamente monta la humanidad.

 Tenemos que dejar de hacer las obras de las tinieblas, las malas, miedosas, esas que creemos que son en provecho propio, porque son al servicio directo del enemigo no solo para perjuicio de otros, sino también para el propio, así es como nos estamos negando a amar, y la razón por la que acabamos disecados, el alma se pudre y muere en nosotros y nos volvemos unos miserables espirituales, totalmente desamorados que apestan a demonios, es decir, que supuran orgullo y soberbia.

 Tenemos el inmundo olor del adversario porque es con quien andamos, se nota en que no amamos y en que no cesamos de hablar de nosotros mismos tratando de exponer bondades, perfecciones, eficiencias, etc., demandando adoración, aceptación y obediencia.

 Estamos llenos de orgullo, o vacíos de amor, somos sin Dios, y en definitiva nos hemos convertido en demonios, en la negación de lo que pudimos ser, debido a que nos desesperamos por lograr ser adorados no haciendo nada útil o bueno espiritualmente, sino solo cultivando orgullo y generando vicios.

 No vemos ni siquiera que es en verdad nuestro mismo orgullo traicionero el que nos odia, aborrece, que estamos llenos de autodesprecio, y que es por ello que nos consideramos unos malditos desgraciados, porque no nos dedicamos a engrandecerlo, a hacerlo adorar.

 El orgullo mismo nos odia, nuestro amor propio nos aborrece y maltrata, nos acusa y nos impone el odio, el malhumor, la bronca, el creerse desgraciados, porque no puede exaltarse, porque es un maldito caprichoso que no consigue lo que quiere y por ello se cree habilitado para aborrecernos, culparnos, criticarnos, cuestionarnos, etc.

 Entonces, no somos desgraciados porque otros lo digan o quieran ver, lo somos porque queremos creernos desgraciados al no conseguir se adorados, obedecidos, amados, tomados en cuenta, etc., como queremos, y es ese el motivo por el que estamos enojados con nosotros mismos y en guerra contra el mundo.

 Lo que busca el adversario es que creamos que Dios es una desgracia, o lo que hacemos con y por Él, o lo que Él hace en, con y por nosotros, porque eso es lo que el cerdo celoso y preocupado por él mismo quiere impedir, limitar, apagar, evitar para extirpar la Presencia Viva de Dios en las almas y en el mundo.

 El problema no es lo que pretendan el adversario y los suyos imponernos o hacernos creer, si no lo que creamos, de manera que, si llegamos a considerar por miedo-orgullo a Dios una desgracia, lo perderemos, porque puede el enemigo apartarnos e imponernos que nos hundamos-perdamos-enterremos en nosotros mismos.

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